Para comprender la magnitud de lo ocurrido el veinticuatro de septiembre de mil novecientos sesenta y nueve en el Royal Albert Hall de Londres, es necesario despojarse de la perspectiva histórica contemporánea y situarse en la tensión de aquella noche. El Concerto for Group and Orchestra no nació como una genialidad pacífica, sino como un experimento de alto riesgo, una pieza en tres movimientos compuesta por Jon Lord con letras de Ian Gillan, donde la ferocidad de Deep Purple se midió cara a cara con la Royal Philharmonic Orchestra bajo la batuta de Malcolm Arnold. Fue el debut de la alineación conocida como Mark II, marcando la primera grabación de larga duración que incluyó a Gillan en la voz y a Roger Glover en el bajo, un vinilo editado en diciembre de ese mismo año por Tetragrammaton en Estados Unidos y por Harvest en el Reino Unido a inicios de mil novecientos setenta, cuya distribución en suelo americano fue caótica debido a la repentina bancarrota de la discográfica original, convirtiendo esas primeras copias en verdaderas rarezas hasta que Warner Bros asumió el catálogo.

La velada original fue mucho más compleja que el protocolo clásico, de hecho, el programa comenzó con la misma orquesta interpretando el estreno en Londres de la Sinfonía Número Seis, Opus Noventa y Cinco de Malcolm Arnold, estructurada en un Energico de nueve minutos y diecinueve segundos, un Lento de ocho minutos y cincuenta y dos segundos y un Con Fuoco de siete minutos y dos segundos, sumando veinticinco minutos y trece segundos de música pura antes de que la banda subiera al escenario para tocar tres temas que quedarían fuera del vinilo original pero que reaparecerían décadas más tarde. Interpretaron una enérgica versión de Hush de Joe South que duró cuatro minutos y cuarenta y dos segundos, seguida por una extensa ejecución de Wring That Neck de trece minutos y veintitantos segundos, y la monumental Child in Time con sus doce minutos y seis segundos de dramatismo absoluto. El plato fuerte, el concierto propiamente dicho, se extendió por cincuenta y un minutos y cuarenta y tres segundos, dividiéndose en un primer movimiento Moderato Allegro de dieciocho minutos y cincuenta y dos segundos en el disco, un segundo movimiento Andante fragmentado en dos partes debido a las limitaciones del vinilo que acumulaba diecinueve minutos y dos segundos, y un tercer movimiento Vivace Presto de quince minutos y treinta y tres segundos, concluyendo la noche con una repetición parcial de este último movimiento a modo de bis que duró cinco minutos y cincuenta y tres segundos.

Mirando las entrañas de la partitura, el primer movimiento plantea una confrontación directa donde el grupo y la orquesta operan como bloques antagónicos que luchan por el dominio del tema principal, incluyendo cadencias individuales para el clarinete y la guitarra eléctrica. El segundo movimiento introduce la voz de Gillan articulada sobre dos melodías que transitan desde arreglos individuales hasta una sección conjunta con tintes de pop y blues, coronada por una cadencia de órgano que se desvanece en un final silencioso. El tercer movimiento elimina las barreras y arrastra a todos a una suerte de batalla campal que alterna compases de seis octavos y dos cuartos, dejando espacio para un solo de batería de Ian Paice. La obra se repitió apenas una vez más con su partitura original el veinticinco de agosto de mil novecientos setenta en el Hollywood Bowl con la Filarmónica de Los Ángeles dirigida por Lawrence Foster, poco antes de que los papeles originales se extraviaran misteriosamente en mil novecientos setenta, obligando a una reconstrucción meticulosa para su ejecución en mil novecientos noventa y nueve y sus posteriores giras entre los años dos mil y dos mil uno, incluso en el Luna Park de Buenos Aires, ya con Steve Morse en lugar de Blackmere.

La trastienda de este hito estuvo marcada por el conflicto interno, pues mientras el director Malcolm Arnold elogiaba públicamente la tremenda integridad musical de la banda y su desinterés por demostrar problemas filosóficos profundos centrándose solo en el disfrute musical, el guitarrista Ritchie Blackmore vivía su propio infierno. Blackmore confesó años después que en aquel momento no le interesaba la música clásica, que su único deseo era tocar a un volumen ensordecedor y moverse por el escenario, por lo que consideraba el proyecto un truco publicitario impulsado por la obsesión de Jon Lord y respaldado por los mánagers para llamar la atención de la prensa. Sentía que los violinistas de la orquesta, personas que llevaban cincuenta años dedicadas a su instrumento, los miraban con condescendencia, calificando la experiencia en escena como una calamidad y una total humillación. El guitarrista aceptó el reto bajo la condición de que si el siguiente larga duración de la banda no funcionaba, se resignaría a tocar con orquestas el resto de sus días, una apuesta que afortunadamente ganó cuando el disco Deep Purple in Rock de mil novecientos setenta se transformó en un éxito masivo.

A nivel comercial y de impacto internacional, el álbum tuvo un comportamiento dispar, alcanzando la posición veintiséis en las listas del Reino Unido, el puesto veintidós en Alemania y el cincuenta en Canadá, mientras que en el Billboard doscientos de Estados Unidos quedó relegado al lugar ciento cuarenta y nueve. La posteridad, sin embargo, fue más generosa con el registro, la cadena británica de televisión BBC transmitió el evento el cuatro de abril de mil novecientos setenta bajo el título The Best of Both Worlds, omitiendo cuatro minutos y medio del primer movimiento por cuestiones de edición de la época, un documento audiovisual que se editó formalmente en DVD en mayo de dos mil tres.

Las ediciones en CD de los noventa rescataron los temas de rock omitidos, y en dos mil dos se lanzó una remasterización definitiva que integraba el concierto completo junto con los cortes previos de rock, logrando que las reediciones de las funciones de mil novecientos noventa y nueve alcanzaran nuevamente los ránkings europeos en Alemania, Suiza y Holanda, e impulsando a Jon Lord a grabar una versión de estudio definitiva en el año dos mil doce. El legado de esta extraña sociedad musical llegó a influenciar a bandas de metal extremo como Opeth, quienes replicaron de forma deliberada el arte y la paleta cromática de la portada del Concerto para el diseño de su propio concierto grabado en el Royal Albert Hall en el año dos mil diez, demostrando que aquel choque de mundos aparentemente irreconciliables dejó una marca imborrable en la historia de la música contemporánea.
Quizás el verdadero valor de este concierto no radique en la perfección técnica de su ejecución ni en la pureza de la partitura perdida de Jon Lord, sino en la incomodidad palpable de cinco rockeros de pelo largo intentando no ser devorados por la solemnidad de una orquesta sinfónica, una tensión que se escucha en cada nota y que nos hace dudar si realmente presenciamos el nacimiento de un nuevo género musical o simplemente el capricho más costoso y fascinante de la historia del rock británico.


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